Jueves, Febrero 18, 2010
Impertinente Haití
Samuel RodríguezDesde Haití, testimonio estremecedor de un cooperante español sobre la tragedia que vive el pueblo haitiano, un mes después del terremoto que provocó 200.000 muertos y un millón y medio de personas sin techo.
© Samuel Rodríguez
Ladran y ladran los perros en la noche haitiana. Desde el cerro de Petionville hasta las playas de Cité Soleil. Se mece la cuna en algún lugar, entre la noche más negra, con el cielo más estrellado. La vida sigue en Port au Prince. Mientras, las luces del aeropuerto, tímidas, tintineantes, azul y rojas y verdes y amarillas siguen marcando el compás de espera. Mujeres que suben y bajan las cuestas de Carrefour, hombres que se lavan las sandalias en charcos malolientes. Padres de familia sin familia y niños sin padre. Huérfanos y expulsados. Traficantes y traficados. Mercenarios y ejecutados. Todos se cruzan en las calles de Port au Prince.
La tierra no tembló igual para todos
Esa misma noche, una noche igual que esta, hace apenas un mes, los haitianos se sumieron en el dolor más profundo. Más de 200.000 vidas se perdían para siempre bajo los escombros de centenares de edificios derruidos. Calles y barrios enteros desaparecidos para siempre. Fue la noche de las almas, envueltas en la oscuridad más fría, bajo las estrellas, sin rumbo. Tienen ahora menos que la nada que poseían la noche anterior a esta de hace apenas un mes. Pero la tierra no tembló, una vez más, igual para todos. Mientras los barrios a nivel del mar, los más humildes, y el centro de la ciudad, copada por la zona comercial dónde los haitianos realizan sus transacciones, sus ventas de mil productos, fueron borrados del mapa de un plumazo, las fortificaciones de ricos negros y blancos, traficantes y demás, perdidas en el interior de los bosques de Petionville, apenas si sufrieron daños.
No quiero ni imaginar las primeras 48 horas del infierno que surgió de la noche en Port Au Prince. Ahora, un mes después del fatídico temblor parece que el primer estadio del estado de choque que penetró en las médulas de medio mundo, ya ha pasado. Apenas los escombros de un centenar de edificios han sido retirados (la mayoría oficiales) mientras los dueños de sus ex-casas se resignan a vivir en los campos de desplazados o bajo un plástico o tienda de campaña enfrente de su antiguo hogar. Para estas personas, la ONU quizás debería pensar un nuevo nombre para identificarlos acrónimamente (si, palabro, lo sé) como tanto gusta a tantos hacer: no deben de ser ni refugiados ni IDP (Desplazados Internos) ya que el ACNUR (sí, ya sé que su mandato es para personas refugiadas y/o desplazadas internas por motivos de la violencia de un conflicto armado, persecución política...) no puede actuar sobre ellos. No es una crítica, es una constatación. Por lo tanto deberíamos pensar en un término como, por ejemplo, UDP (Urban Displaced Person-Desplazados Urbanos). Y es que la mayoría de los desplazados lo son por pocos kilómetros, o incluso tan solo por los pocos metros que separan su antigua morada de la acera de enfrente donde plantó la tienda.
Los campos de desplazados urbanos se contabilizan por centenares solo en Port Au Prince. En cada plaza, en cada pedazo de jardín, en el antiguo campo de golf, en el estadio nacional, frente al Palacio Presidencial, en los Champs de Mars... y albergan, algunos de ellos, decenas de miles de personas. Muchos otros campos se encuentran en las pocas laderas que hasta la fecha estaban deshabitadas. En estas laderas, gracias a la deforestación, si cuando llega la época de lluvias fuertes aún siguen albergando miles de personas, otra catástrofe se cernirá sobe ellos.
Y en esas casitas de cartón, maderas simples y chapas arrugadas es como pasan los días en Haití. Como los pasaban antes. Sin gloria y sin gloria, porqué la pena ya se le supone al haitiano, como el honor se le supone al soldado.
Se habla mucho del caos en Haití, pero más que de caos creo que deberíamos hablar de impertinencia. La impertinencia de quién descubrió, ocupó y exterminó la población de la Española. La de quienes importaron decenas de miles de personas desde África occidental para repoblar un territorio previamente arrasado. La impertinencia de quién ocupó y desocupó y reocupó. Quizás, también, la impertinencia de demasiados coches nuevos de alquiler donde el negro conduce al blanco, y que vinieron a salvar a Haití, muy probablemente muchos de ellos con sus mejores intenciones. Debemos ayudar al pueblo haitiano, por supuesto, necesitan médicos, escuelas, casas, todo. Pero hemos de saber que el pueblo haitiano es como un león de circo maltratado por su domador para que siempre le obedezca.
Por qué tendrían que creer que esta vez sí les ayudan de verdad? Por qué iban a creer en esta especie de misión mesiánica de muchos Estados y sus organizaciones para salvar Haití? Salvarle de qué? De quién? El pueblo haitiano está herido, y ahora, el domador pretende calmarle el dolor. Mientras no pueda caminar tendrá que aceptar los cuidados, a no ser que estos cuidados quieran impedir que se levante. Que impertinentes los países como Haití, que con menos recursos que nadie, tienen la capacidad de sonrojarnos a todos.
La tierra no tembló igual para todos
Esa misma noche, una noche igual que esta, hace apenas un mes, los haitianos se sumieron en el dolor más profundo. Más de 200.000 vidas se perdían para siempre bajo los escombros de centenares de edificios derruidos. Calles y barrios enteros desaparecidos para siempre. Fue la noche de las almas, envueltas en la oscuridad más fría, bajo las estrellas, sin rumbo. Tienen ahora menos que la nada que poseían la noche anterior a esta de hace apenas un mes. Pero la tierra no tembló, una vez más, igual para todos. Mientras los barrios a nivel del mar, los más humildes, y el centro de la ciudad, copada por la zona comercial dónde los haitianos realizan sus transacciones, sus ventas de mil productos, fueron borrados del mapa de un plumazo, las fortificaciones de ricos negros y blancos, traficantes y demás, perdidas en el interior de los bosques de Petionville, apenas si sufrieron daños.
No quiero ni imaginar las primeras 48 horas del infierno que surgió de la noche en Port Au Prince. Ahora, un mes después del fatídico temblor parece que el primer estadio del estado de choque que penetró en las médulas de medio mundo, ya ha pasado. Apenas los escombros de un centenar de edificios han sido retirados (la mayoría oficiales) mientras los dueños de sus ex-casas se resignan a vivir en los campos de desplazados o bajo un plástico o tienda de campaña enfrente de su antiguo hogar. Para estas personas, la ONU quizás debería pensar un nuevo nombre para identificarlos acrónimamente (si, palabro, lo sé) como tanto gusta a tantos hacer: no deben de ser ni refugiados ni IDP (Desplazados Internos) ya que el ACNUR (sí, ya sé que su mandato es para personas refugiadas y/o desplazadas internas por motivos de la violencia de un conflicto armado, persecución política...) no puede actuar sobre ellos. No es una crítica, es una constatación. Por lo tanto deberíamos pensar en un término como, por ejemplo, UDP (Urban Displaced Person-Desplazados Urbanos). Y es que la mayoría de los desplazados lo son por pocos kilómetros, o incluso tan solo por los pocos metros que separan su antigua morada de la acera de enfrente donde plantó la tienda.
Los campos de desplazados urbanos se contabilizan por centenares solo en Port Au Prince. En cada plaza, en cada pedazo de jardín, en el antiguo campo de golf, en el estadio nacional, frente al Palacio Presidencial, en los Champs de Mars... y albergan, algunos de ellos, decenas de miles de personas. Muchos otros campos se encuentran en las pocas laderas que hasta la fecha estaban deshabitadas. En estas laderas, gracias a la deforestación, si cuando llega la época de lluvias fuertes aún siguen albergando miles de personas, otra catástrofe se cernirá sobe ellos.
Y en esas casitas de cartón, maderas simples y chapas arrugadas es como pasan los días en Haití. Como los pasaban antes. Sin gloria y sin gloria, porqué la pena ya se le supone al haitiano, como el honor se le supone al soldado.
Se habla mucho del caos en Haití, pero más que de caos creo que deberíamos hablar de impertinencia. La impertinencia de quién descubrió, ocupó y exterminó la población de la Española. La de quienes importaron decenas de miles de personas desde África occidental para repoblar un territorio previamente arrasado. La impertinencia de quién ocupó y desocupó y reocupó. Quizás, también, la impertinencia de demasiados coches nuevos de alquiler donde el negro conduce al blanco, y que vinieron a salvar a Haití, muy probablemente muchos de ellos con sus mejores intenciones. Debemos ayudar al pueblo haitiano, por supuesto, necesitan médicos, escuelas, casas, todo. Pero hemos de saber que el pueblo haitiano es como un león de circo maltratado por su domador para que siempre le obedezca.
Por qué tendrían que creer que esta vez sí les ayudan de verdad? Por qué iban a creer en esta especie de misión mesiánica de muchos Estados y sus organizaciones para salvar Haití? Salvarle de qué? De quién? El pueblo haitiano está herido, y ahora, el domador pretende calmarle el dolor. Mientras no pueda caminar tendrá que aceptar los cuidados, a no ser que estos cuidados quieran impedir que se levante. Que impertinentes los países como Haití, que con menos recursos que nadie, tienen la capacidad de sonrojarnos a todos.
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